RELATOS


LA DANZA SIN FIN

Hrythar solo había visto una troupe de Arlequines una vez con anterioridad – Hacia ya décadas, cuando era todavía un crío – pero ahora había sido elegido como Lavair, encargado de dar la bienvenida a la Mascarada de la danza sin fin a la nave-mundo de Saim-Hann. Trató de relajarse cuando la puerta de la disformidad se abrió y dos docenas de figuras aparecieron desde el torbellino de colores cambiantes.

Se decía que los Arlequines podían oler el miedo, y él, como representante de su mundo-nave, no podía permitirse tenerlo.

La aparición de los recién llegados ciertamente hizo honor a sus leyendas. Tres grupos de guerreros transportando cada uno un baúl semejante a un ataúd multicolor, que flotaba en sus suspensores justo sobre el nivel del suelo. Tres Bufones mortales –Margorach- con su disfraz de esqueleto, se adelantaron con sus armas pesadas a la espalda, moviéndose automáticamente hacia los puntos cardinales defensivos de la sala. Cuatro Warlocks –Esdainn- aparecieron juntos, sus mascaras animadas en una conversación que, evidentemente, había comenzado al otro lado de la puerta disforme. Los Athair -los Avatares, los que hacían el papel del Dios riente en la mascarada y lideraban a la troupe en la batalla- surgieron los últimos, con las sonrisas fijas de sus mascaras simulando reírse del pasado.

"Levair", dijo uno de ellos. Era una afirmación, no una pregunta. Hrythar se agitó para parecer relajado y ligeramente distendido, como la cortesía demandaba.

"Hrythar Ola de sueño", se presentó, "Sain-Hann se honra por vuestra presencia".

"Ola de sueño..." La voz sonó rica y segura, a pesar de la distorsión que provocaban las mascaras. "Un nombre afortunado". Dudando si esto era un cumplido o una broma, Hrythar mantuvo una expresión cortés y tranquila. Inclinado ligeramente la cabeza ante el Avatar, se dio la vuelta para guiar a los Arlequines a las habitaciones que se les había reservado. Aunque intentaba concentrarse en sus movimientos según andaba, las figuras elegantes y de movimientos fluidos de sus invitados le hicieron sentir torpe como un orko. Además, ardía en deseos de preguntar si y cuando daría lugar la representación, pero eso era algo que solo ellos podían decir, y que nadie debía preguntar.

 

 

Los murmullos cesaron cuando la representación comenzó.

El primer acto fue representado por un solo grupo. Se trataba de una de muchas historias acerca del Gran Arlequín, el maestro de los Arlequines. El Warlock se situó en un lado del escenario, su traje dathedi reverberando en un torbellino cíclico de colores rojos, verdes y dorados mientras actuaba de narrador, sus comentarios acentuados por las emisiones de luz, sonidos, impulsos psíquicos y alucinatorios de la unidad creidann de su espalda.

El Avatar hacia el papel del Dios riente, con su traje proyectando el confuso diseño romboidal cambiante del Gran Arlequín.

La muerte hizo acto de presencia, su traje cambiando de la descomposición de un cadáver, de carne a hueso, a polvo, a la nada y vuelta a empezar. Los guerreros danzaban a su alrededor, cayendo desmadejados cuando él los tocaba. El Dios riente danzaba más alejado.

De repente, la representación se interrumpió. El Alto Avatar de la Danza sin fin avanzó hasta el borde del escenario y se paro a mirar a la audiencia. Entonces se inclino levemente –Un saludo de cortesía a un superior.

La audiencia permanecía en un silencio atónito. Una figura se levantó.

Los pocos que lo reconocieron sabían de él que era un simple y anodino técnico de la Matriz infinita de la nave. Había vivido en Sain-Hann durante más de un siglo, atendiendo humildemente los circuitos que mantenían las energías espirituales de sus ancestros dentro de la gran nave. Y ahora el Alto Avatar de los Arlequines se había inclinado ante él.

La figura asintió -apenas un leve cabeceo, como respondiendo a un subordinado- y se acercó hasta el escenario.

"Sain-Hann es afortunada". La voz del Alto Avatar sonó perturbadoramente alta después del repentino silencio. " Vamos a representar La Danza".

 

 

La noticia se difundió a través de la nave a la velocidad del pensamiento. Todas las actividades normales fueron suspendidas y cada habitante de Sain-Hann se dirigió al salón Talaclu. Incluso los espíritus de los antepasados, recluidos dentro de la Matriz infinita observaban a través de los sensores internos de la nave. Todo eldar debía, al menos una vez en su vida, asistir a una representación de La Danza – La más importante de las obras representadas por los Arlequines, la que relataba la caída de la vieja raza- y guardar las enseñanzas de los caídos vivas en los espíritus de los supervivientes. Pero La Danza se representaba en contadas ocasiones, ya que el papel estelar no podía ser llevado a cabo por cualquier miembro de la mascarada. Solamente los místicos Solitarios – aquellos tocados por el Dios sonriente en persona, desconocidos de todos en su verdadera personalidad- solo ellos podían bailar el papel de Slaanesh.

Nueve guerreros se unieron en el centro del escenario, sus trajes dathedi proyectando olas de colores mientras danzaban el papel de la vieja raza. Los cuatro Warlocks ocuparon sus posiciones alrededor, captando y amplificando las emociones de los bailarines con su equipo, mientras estos vivían la caída de sus antepasados: sintiendo sus alegrías, orgullo, sus nimias rivalidades, sus pasiones vitales. Tres Avatares representaban el papel de los dioses caídos, saltando, moviéndose, introduciéndose y saliendo de entre los bailarines de la vieja raza.

Los bailarines del centro comenzaron a moverse frenéticamente, sus pasiones más fuertes y su gozo más extremo, amenazante. Se unieron en un torbellino de cuerpos que ocultaban algo en el centro fuera de la vista del publico, un torbellino que se deshizo cuando el Solitario salto del interior donde estaba oculto par situarse en el centro, entre los bailarines.

Un estremecimiento involuntario recorrió toda la audiencia a la vista de la figura alegórica del dios del caos Slaanesh. Su traje emitiendo una masa cambiante de figuras holográficas en actitudes de placer decadente.

Desde detrás de Slaanesh, siete figuras aparecieron para unirse una a una con la vieja raza. Primero surgieron los cuatro mimos, contagiando sus movimientos sensuales y perturbadores al resto de bailarines, simulando la transmisión de la corrupción de Slaanesh de los demonios que representaban. Uno a uno, los danzarines de la vieja raza comenzaron a proyectar en sus trajes las imágenes de figuras cambiantes.

Después aparecieron tres oscuras figuras: los trajes de los bufones mortales simulaban esqueletos mientras estos saltaban y empujaban las inertes figuras de los dioses caídos a los pies de Slaanesh. Cuando el ultimo de ellos cayó, un grito psíquico proveniente de los Warlocks se extendió por las mentes de toda la audiencia. Creció y cambió como los diseños de los trajes de los bailarines, gradualmente uniéndose en una salvaje, demente y enajenada risa de corrupción, depravación y locura.

Pero detrás de la risa sonaba otra voz, una carcajada clara, irónica, pura. Una carcajada que reía porque no quería llorar.

Entonces, desde un extremo del escenario, apareció el Gran Avatar, con su traje proyectando los siempre cambiantes y multicoloreados diseños romboidales del Dios riente mientras se paseaba hacia el centro de la representación, riéndose del chiste cósmico que era la Caída.

Miró hacia la figura de Slaanesh, que se erguía triunfante sobre el montón de danzarines temblorosos, y se rió. Miró hacia los demonios-mimos y los Bufones mortales que se abalanzaban sobre él, y se rió.

Por un momento desapareció entre la masa de esbirros de Slaanesh, pero con un grito voló sobre sus cabezas, girando en el aire para enfrentarse a ellos. Cuando estos se revolvieron, saltó de nuevo y dos figuras cayeron inertes al ser tocadas por él, mientras las otras cinco hendían con sus garras el aire vacío y él se alejaba dando volteretas.

La suya era ahora una risa de alegría mientras saltaba y giraba, esquivando a sus enemigos y golpeándoles por la espalda. En un momento dado, atrapó a uno de los bufones mortales y lo lanzó contra la figura de Slaanesh, que retrocedió casi imperceptiblemente por el impacto. En ese instante y con un penetrante grito de salvajismo el Gran Arlequín se lanzó adelante, recogiendo a uno de los bailarines a los pies de Slaanesh y retirándose con él. Al tocarle, las imágenes de su traje se disolvieron y comenzaron a mostrar el patrón de rombos cambiantes, mientras el bailarin comenzaba a reír y a bailar la danza del Arlequín. Entre los dos se enfrentaron e hicieron retroceder a los demonios. Cuando el ultimo de ellos caía, Slaanesh entró en batalla.

El enfrentamiento entre Slaanesh y el Gran Arlequín pareció durar eternamente, mientras el resto de figuras en el escenario saltaban y se movían, orbitando en torno a su lucha. Lentamente, en el fondo del escenario, los demonios-mimo y los guerreros arlequines empezaron a reunirse y bailar, reflejando los movimientos de los dos actores principales con absoluta sincronía.

La Danza terminó repentinamente, con la lucha sin resolver. Se trataba realmente de la Danza sin fin. La sala permanecía en silencio. Los bailarines abandonaron el escenario. La audiencia permaneció sentada en trance.